viernes, mayo 11, 2007

Sinfonía de un recuerdo

"Toca a Chopin", le contesté en respuesta a su pregunta acerca de qué quería que me interpretase. Tras pensar durante unos segundos, sus dedos comenzaron a acariciar las teclas del piano y de sus ágiles movimientos nació el Estudio nº3 en mi mayor de Chopin. Yo le observaba desde cierta distancia, en silencio, viendo cómo sus manos recorrían la escala de blancas y negras tal y como solían hacer al recorrer mi cuerpo. Aquella ocasión fue la primera vez que le oi tocar, y aquella pieza, interpretada en exclusiva para mí, quedaría irremediablemente unida a su recuerdo. La música estaba de una u otra forma presente en cada una de nuestras conversaciones. Ambos coincidíamos en lo irónico que resultaba que la mejor obra de Mozart fuese su Réquiem, el cuál ni siquiera había llegado a acabar, y las discusiones acerca de por qué Händel o Bach nunca podrían ser superados en virtuosismo, a pesar de que no fueran tan valorados como Beethoven o Mozart, a veces se tornaban eternas. A veces nos llevábamos horas hablando o cantando juntos toda la discografía de Mecano, en la playa, de noche. A mediados de agosto contamos juntos las estrellas fugaces al paso de las Perseidas. Él me hablaba sobre las obras que debía preparar para sus exámenes del conservatorio, o sobre los progresos en el réquiem que estaba componiendo, y yo le escuchaba con una mezcla de curiosidad y candor, un poco como se escucha a los niños hablar de sus ideas e ilusiones. Siempre me llamó la atención su sentido de la creatividad, solía practicar el origami, y en una ocasión, al día siguiente de decirle que el edelweiss era mi flor preferida, apareció ante mí con un edelweiss de papel hecho por él. Así era él, un poco idealista, incluso naïf a veces. El tiempo pasó, como no podría ser de otro modo, y sus gestos, sus ideas, sus detallles, que al principio me resultaban tiernos y encantadores, acabaron por resultarme insoportables. Me cansaba su idealismo, llegó incluso a resultarme infantil. Así que actuando de una manera "madura" y razonable, le dejé, con premeditación y alevosía, y sin ningún cargo de conciencia. Durante semanas pensé mandarle un mail, o incluso llamarle, no quería que todo acabase de una manera tan fría y maquinalmente cabal, pero nunca lo hice. No tardé en encontrar a otro alguien que me hiciera la compañía necesaria a mi soledad, y como no podría ser de otro modo viviendo en Cádiz, acabamos por encontrarnos. Él, yo y mi flamante novio alemán. He de reconocer que un cierto regocijo me invadió al ver su cara cuando le presenté al susodicho alemán. De alguna forma maquiavélica me alegré del inesperado encuentro. Nunca me perdonaré haberle hecho tal cosa, de haberme vengado sin razón de alguien que jamás me hizo ningún daño. Desde esa ocasión, nos volvimos a encontrar de otras tantas veces, y en cada una de ellas, su indiferencia hacia mí (merecida, por supuesto) me hacía un tremendo daño. Fui un cobarde, y jamás me atreví a llamarle o a hablar con él de nuevo, aunque fuese por respeto a la historia que habíamos vivido juntos. El agosto siguiente volví a ir a la playa, de noche, al paso de las Perseidas, esperando encontrarlo, pero no estaba allí. Fui al concierto de Mecano y escuché las canciones que solíamos cantar juntos, vi allí a sus amigos, pero él no estaba. En un intento por eliminarle de mi mente, me deshice de todos sus recuerdos, pero no me atreví a destruir el edelweiss de papel. El tiempo pasó, y con dicho transcurrir de los meses, ya no volví a pensar en él. Nuevos amores o nuevos encuentros llenaron mi memoria de nuevos recuerdos y nuevas vivencias. No obstante, de tarde en tarde vuelvo a escuchar el Estudio nº3 de Chopin, mientras juego con el edelweiss entre mis manos, y una sonrisa llena mis labios. Ya no le recuerdo con tristeza, ni con nostalgia por la historia que nunca continuó, ya no siento nada hacia él. El tiempo ha hecho que sólo los recuerdos buenos permanezcan, y en esos pequeños momentos de íntima comunión con Chopin y el origami sólo revivo el candor y la ternura de la historia que viví con el primer chico del que una vez me enamoré.