La casualidad habla francés.
Estoy leyendo The New York trilogy, una de las obras más conocidas de Paul Auster. Mi amiga, en la cual confío plenamente en lo que a gustos se refiere, me ha estado recomendando a Auster desde que nos conocimos. Sin embargo, no ha sido hasta ahora (y no precisamente fruto de sus años de insistencia) que me he decidido a darle la oportunidad de ser leído. Todo comenzó con una lista, la lista de autores anglosajones contemporáneos que mi profesora de inglés me pasó para que escogiera la lectura de este trimestre. De entre ellos me llamó especialmente la atención Paul Auster, por aquello de las continuas recomendaciones por parte de mi amiga. Me decidí a leerlo y pocos días después, bajando las escaleras de la escuela de idiomas (que como podréis comprobar si seguís mi blog, este año están dando lugar a encuentros memorables, ¡y eso que apenas son treinta escalones!) me encontré con el lector galés de 24 años, con aire aniñado y algo desaliñado que este año se encuentra entre nosotros. Desde el primer día que hablamos, conectamos bastante bien, lo que unido a alguna que otra mirada de soslayo con sonrisa incluida mientras estábamos en clase y a mi necesidad de amar, me hicieron pensar en la existencia de alguna posibilidad. De ahí a asistir, en primera fila, a todos y cada uno de los talleres de British pronunciation por él impartidos hay sólo un paso, el mismo que hay de ahí a la decepción tras descubrirle del brazo de su fiancee italiana. Aquél día en la escalera, como decía, me preguntó que libro había escogido y cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo, que Auster, era su autor favorito. Desde ese momento se ha mostrado aún más cercano, con mayor confianza, una cercanía y confianza que sin embargo, ahora me incomoda un poco. En cualquier caso, me dijo los tres temas que según él, caracterizan al autor: el azar, la identidad y la posmodernidad. Tres conceptos de los que he sido plenamente consciente en los últimos días, exactamente desde que empecé a leer a Auster.
En esta ocasión todo comenzó con un test. Un estudio sobre el concepto del amor que pretende averiguar si existe alguna diferencia entre el concepto del amor que tienen hombres y mujeres, según la edad, la orientación sexual y la religiosidad, una práctica para la asignatura de Psicología Social me llevó a tener que pasar un cuestionario sobre el susodicho tema a una ingente cantidad de desconocidos. De modo que me dirigí a la facultad de Letras (por aquello de que estadísticamente sus estudiantes están más abiertos a la experiencia y por tanto más dispuestos a la colaboración y sobre todo porque son los que más tiempo pasan en el patio fumando y hablando) equipado con cientos de copias del test y mucha cara dura, a abordar a desconocidos voluntariosos. La experiencia fue agradable, gracias al test, andar por la facultad se ha convertido en un continuo saludar a gente, de la cual no recuerdo nada excepto haberle pasado el test. Había ya atardecido cuando me acerqué a un grupo sentado en mitad del patio. Entre ellos había un chico, francés, pelo revuelto, mirada verde misteriosa, canuto en mano, con aires de indiferencia y apariencia marcadamente "contracultural". ¿Qué puedo decir? Tras pasarle el test a él y sus amigos y encontrar que, además de aires de estrella del rock venida a menos, su conversación era sumamente interesante, me salté sin ninguna clase de sentimiento de culpa el código deontológico, y analicé su test "anónimo", concretamente aquella parte que pregunta acerca de datos como el sexo, la edad, la religiosidad y la orientación sexual. Hay que decir en mi descargo que mientras hacía el test, el chico en cuestión me había dicho que no tenía novia ni novio, y por lo tanto le era más difícil hacer el test. Como el francés, al igual que el español tiene una clara diferencia del femenino y el masculino y por tanto esa dualidad no podía tratarse de un error, el detalle sólo hizo aumentar mi curiosidad. Curiosidad que quedó insatisfecha, al leer: Hombre, 21 años, nada religioso y... ¡nada más! Las tres opciones del test: homosexual, bisexual, heterosexual; permanecían impolutas, ya que no había escogido ninguna. No podía dejarlo pasar sin más, de modo que comencé un ejercicio lógico sobre el porqué de su no respuesta. Un heterosexual no duda en decir abiertamente que lo es, no sólo porque socialmente ser heterosexual jamás fue criticado, sino porque incluso, muchos heterosexuales de recelo homofóbico, ante el temor de dar lugar a dudas, dejan claro que lo suyo es el sexo con el otro género (que no con trasgéneros, que eso es harina de otro costal). Por tanto si p implica q y se da ¬q, tenemos ¬p según el Modus Tollens de la lógica formal, y si no se da p es que es gay. O no. Pero ya podría venir Aristóteles en persona y humillarme por los errores y las falacias de mi lógica informal que para mí el chico en cuestión era gay. Tenía que serlo.
El día siguiente, mientras estudiaba en la biblioteca, él entró y se sentó de espaldas a mí a unas cuantas mesas de distancia. Cuando lo miré por encima de mis libros lo descubrí mirándome. Cuando volví a mirar, de nuevo él lo hizo. Y así comenzó una regularidad de miradas, en la que yo levantaba los ojos ligeramente de mi libro y él se volvía hacia mí. Salvo un par de sonrisas y algún saludo cuando nos encontramos por los pasillos de la facultad, no ocurrió nada más. Pero la casualidad quiso que una soleada y solitaria tarde de domingo, mientras andaba por el centro, me lo encontrara de nuevo. Concretamente dos veces. Tras el segundo encuentro, y aprovechando que mi compañero de paseo (un estadounidense estudiante de español con el que había quedado para conversar un poco en inglés/español) debía marcharse, me dije a mí mismo que por más que la fuerza de la casualidad fuera innegable, la de la causalidad no lo era menos. Así, tras despedirme del estadounidense, decidí volver a casa pasando por donde había visto al francés anteriormente. Lo encontré en el mismo lugar, sentado en un banco a la espera de un amigo. Me paré a hablar con él y como me dijo que llevaba un buen rato esperando a un amigo que no aparecía, me ofrecí a hacerle compañía en la espera. El amigo finalmente le escribió diciéndole que no podía ir, así que nos quedamos sin más hablando. La conversación fue amena, hablamos sobre Cádiz, sobre él, sobre mí, sobre lo que pensamos ... Ayer en la facultad volví a verlo, me acerqué a saludarlo, hablamos, y a pesar de hablar con naturalidad, y de incluso mostrarse agradable conmigo, cuando le dije adiós no pude evitar sentirme invadido por una extraña sensación de realidad. De repente me di cuenta de que era yo el que se acercaba y mostraba interés en mantener contacto con él, de que era yo el que buscaba su mirada cuando pasaba cerca mía... en definitiva, que era YO y no ÉL quien tenía interés. La sensación de estar continuamente mendigando el interés de los demás es horrible, y el vacío pronto se apodera de ti.
Hoy no me apetecía ir a la facultad, he tenido más posmodernidad, más azar y más identidad (sexual en este caso) de lo que mi cupo mensual puede soportar, así que necesito un descanso. Mi "historia" con el francés no hace sino engrosar mi prometedora carrera de decepciones paneuropeas. Aún me quedan otras 22 nacionalidades antes de completar la Unión, así que seguid leyendo.


1 Comentarios:
Pues muy mal que te limites solo a los 22 que te faltan de la "Union"
un saludo jejeje
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