Una habitación con vistas.
Cuando tenía diez años mi película favorita era "Una habitación con vistas". Basada en la novela homónima de E.M. Foster, es una pequeña gran obra de arte, ganadora de tres Oscar y con unas muy buenas actuaciones de Helena Bonham Carter(victorianísima, como es natural en ella) y Maggie Smith (insuperable). Claro que estos detalles los aprecio ahora, en aquella época me gustaba porque, por aquél entonces, yo fantaseaba con los dramas victorianos de intriga y romance; porque me fascinaba la atmósfera decadente y esnob que envuelve a la película; y porque en ella aparecen los dos guapos actores bañándose desnudos en una charca (la escena más homoerótica que yo había visto hasta el momento). Películas sobre ventanas hay muchas, desde la clásica "La ventana indiscreta", del genial Hitchcock, hasta la reciente "La ventana de enfrente" del no menos genial, aunque mucho menos conocido, Ferzan Özpetek. Pero no pretendía yo hablar de cine cuando comecé a escribir, ni siquiera sobre mi infancia, con la que podría llenar innumerables páginas... Quería hablar sobre una habitación, la mía, sobre sus vistas, al edificio de enfrente, y concretamente, quería hablar de sus habitantes.
Paradojas del hormiguero urbano, llevo viviendo toda mi vida a apenas treinta metros de ellos y no los conozco. Nunca nos hemos cruzado, no conozco sus nombres y probablemente nunca nos conoceremos, a pesar de que la distancia que separa las ventanas de nuestras respectivas habitaciones es menor de la que nos separa a ambos del suelo. No obstante sé de ellos y de sus hábitos más de lo que cabría esperar se conociera de un desconocido. En el séptimo vive un chico que sale a fumar a la terraza. Por la forma en que vigila el interior de la casa, atento a la posible e inesperada aparición de sus familiares, intuyo que fuma a escondidas. Le miro, me mira. Nos miramos y nuestras miradas me hacen único testigo de su tan cuidadosamente oculto vicio, nos hace cómplices de alguna forma. La chica del segundo toca el violín en los días grises. Quizá la nostalgia le invada en esos días y le hace sentir más inspirada. O quizá sea yo, que en los días grises paso más tiempo admirando el cielo a través de mi ventana, aumentando así la probabilidad de verla tocando. En el noveno un hombre llega siempre tarde del trabajo, se va desnunando a través de la casa, pasando de habitación en habitación mientras se va poniendo cómodo. Enciende y apaga sistemáticamente la luz de la habitación que va atravesando. Parece agotado, por sus gestos diría que estresado. En el quinto una mujer trabaja en su máquina de coser cada tarde, hasta que el sol se pone. Lo que cose, jamás he podido verlo.
En contra de lo que podría parecer por lo que acabo de describir, mi madre opina que soy un exhibicionista, en lugar de un voyeur. La razón es que la persiana de mi habitación permanece completamente levantada durante todo el día, y sólo la bajo justo antes de dormir. Yo opino que quizá sea un poco de ambas cosas. Me gusta pensar que al igual que yo conozco los pequeños detalles de sus vidas, ellos también conocen los míos. Puede que ahora me estén observando, mientras escribo esto en mi ordenador. ¿Qué pensarán de mí?, ¿qué pequeños hábitos o manías habrán descubierto? Después de todo puede que el mundo sea un teatro, y que todos seamos actores/espectadores de una comedia de un pésimo gusto.
Es tarde ya, hace rato que la noche cayó. Antes de dormir bajaré la persiana de mi habitación. Antes echo un último vistazo al mosaico de vidas anónimas que se extende ante mí: un sin fin de ventanas encendidas no hace mucho, que ahora permanecen apagadas, dormidas y cerradas a cal y canto. Hasta mañana y que tengáis dulces sueños mis queridos desconocidos.


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