jueves, octubre 19, 2006

Pensamiento, palabra, obra y omisión.

Los pecados según la doctrina católica pueden ser de pensamiento, palabra, obra u omisión. Así me lo hizo aprender el cura que me daba clase de religión y así quedó grabado por siempre en mi memoria. Si mis doce años vividos en un colegio católico no hubiesen hecho de mí un ateo sin remedio, podría decir que hoy he pecado. Más allá de aspectos doctrinales podría decir incluso que ante mí ha ocurrido lo que podría ser el principio (o quizá la consumación) de un delito.

Subí al autobús y me senté. Mientras miraba distraidamente mi agenda y pensaba en las cosas que debía hacer, no me percaté de que un hombre y una mujer subieron poco después y se sentaron justo detrás mía. No noté su presencia hasta que empecé a oir los gritos del hombre a apenas treinta centímetros de mi oído. Discutían. Me pareció de muy poca educación gritar dentro del autobús abarrotado de personas e hice ademanes de sentirme molesto. Los pasajeros sentados frente a mí miraban incómodos hacia otro lado. En mitad de mi frustración encendí el MP3 y me puse los auriculares. Le di el máximo volumen, pero no sonaba lo suficientemente alto como para evitar seguir oyendo los gritos de la discusión. Me quité los auriculares y miré hacia atrás. Sólo llegué a verle a él, un hombre panzudo, rondando los cincuenta, muy moreno y con una barba canosa mal afeitada. Ni siquiera se inmutó ante mi mirada. Resignado a tener que aguantar la discusión durante el trayecto, no me quedó más remedio que tratar de pensar en otra cosa.

"Te he dicho que no vas y punto, estás casada conmigo, a ver cuándo te enteras y si yo te digo que no me da la gana de que vayas, es que no" - dijo él. Mis intentos por tratar de no oir se convirtieron entonces en esfuerzos por seguir escuchando lo que decían mientras trataba de salir de mi asombro. Él seguía recriminándole y advirtiéndole que no podía salir sola con sus amigas. Ella contestaba monosílabos y se hacía la molesta. Le dijo que él también salía con sus amigos cuando quería, a lo que él contestó que eso era completamente falso. El marido insistía en que no podía ir sola, ¿qué iba a hacer ella sola? Era su mujer. "Y como yo te vea preparándote para irte esta noche....." - dijo con tono amenazante. Aprovechando que el asiento frente a mí había quedado vacío, me cambié para mirarles cara a cara. Ella, algo ojerosa y demacrada, tendría unos cuarenta y cinco. La miré fijamente, intentando buscar en ella un gesto de complicidad, una mirada instantánea con la que hacerle ver mi rechazo hacia aquella situación. No lo hizo, apenas levantó la vista del móvil, en una actitud artificiosamente indiferente. Concentrarse obstinadamente en la pantalla del móvil, "ignorando" lo que ocurría a su alrededor no es sino un mecanismo de defensa más que evidente. Le miré a él con el gesto más despreciativo que pude ofrecer (lo cual no me costó demasiado trabajo, pues realmente sentía asco), pero tampoco se dio por aludido.

¿Qué hacer? ¿Inmiscuirme en la vida de dos completos desconocidos? ¿Decirle a ella que no tiene por qué soportar esa humillación, ese control sobre su vida que él pretende imponerle? Lo que hoy es una amenaza verbal, apenas tomada en serio, mañana puede convertirse en una realidad televisada: su cara de rictus, a medio maquillar; su pecho atravesado por un cuchillo de cocina. Ataque de celos repentino con final trágico. ¿Me tomará por loco si le hablo así? Miro a los demás ocupantes del autobús, con sus gestos indolentes, indiferentes a lo que les rodea... Así es la vida en el hormiguero, la mierda está tan a la vista, nos ha inundado hasta tal punto que ha colapsado nuestra capacidad de asombro. La realidad se nos asemeja una pantalla de televisión, y como tal, la contemplamos como aburridos espectadores. La indecisión me ha hecho perder demasiado tiempo, y el matrimonio habla ahora sobre el móvil como si nada hubiera ocurrido.

Se acerca mi parada y me alejo sin decirles nada. ¿Es ese el mensaje? "La vida sigue después de todo", "Aireamos nuestros problemas a los cuatro vientos, pero al final las cosas se arreglan en la pareja". No, no puedo aceptarlo. Me niego a admitir que en una relación se pueda llegar a esa clase de falta de respeto mutuo. Sólo espero que ella se rebele contra esa sumisión antes de que sea demasiado tarde y en su lecho de muerte, sea a manos de su marido o no, descubra que ha desperdiciado su vida. Mientras bajo del autobús los oigo retomar la discusión, pero yo ya voy de camino a casa, sin haberles dicho nada. A fin de cuentas, la indiferencia es el pecado de nuestra siglo y yo, como hijo de mi generación, también peco.

2 Comentarios:

At 7:04 a. m., Anonymous Anónimo said...

Y por que habría uno de ser juez y parte de una situación como la que mencionas, y donde queda el resto de la sociedad que fue cómplice de ese evento, porque si tu tienes un sentido de la "indiferencia" me imagino que sera por que la sociedad te lo ha inculcado. Lo que habría de preguntarse seria; que fue lo que no hizo la sociedad de donde fueron parte los individuos antes mencionados, omisiones que no les permitieron adquirir los valores que tu ostentas.

patrickscln@gmail.com

 
At 8:59 a. m., Anonymous Anónimo said...

todo es tan facil...solo tenemos que mirar que estoy haciendo yo...para cambiar yo...y no pretender cambiar a otros...todo lo que el narrador estaba comentando de lo que podia suceder existia solo en su mente..al irse eso fue lo mejor ya nada de eso que pensaba sucedio. cambiando yo cambia el mundo

 

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