martes, octubre 17, 2006

Nuevas lluvias, viejos recuerdos.

Un par de semanas antes de navidad conocí a un chico. Fue una de esas pocas ocasiones en las que, al conocer a alguien, notas inmediatamente una conexión extraña e irracional que te empuja a desear volver a verlo. Nuestras conversaciones eran eternas, parecíamos tener en común todas las afinidades a las que íbamos haciendo referencia. Por primera vez en mucho tiempo conocía a alguien con quien podía hablar con naturalidad de cine, de literatura, de ópera... de prácticamente todo cuanto me gusta y forma parte de mi vida. Me empecé a interesar mucho por él, lo reconozco. No sólo me parecía una persona interesante, sino que además, físicamente era muy atractiva. Un chico maduro (a pesar de no sacarme más que un par de años), culto, educado (su trato hacia mí era tan cortés que llegaba a incomodarme) y además atractivo. Toda una adolescencia enganchado a Ally McBeal y a Sexo en Nueva York tiene sus consecuencias, de modo que no pude evitar pensar si no sería él mi soulmate, mi "Mr. Big" particular. Mi excitable imaginación (de la que he hablado ya anteriormente) comenzó a trabajar y a planificar toda una vida junto a él. Es cierto, podéis llamarme histérico, paranoico e iluso por hacer algo así con alguien a quien apenas conozco de un mes, pero a pesar de todo pienso que no es una mala idea. Ensayar, aunque sea mentalmente, lo que podría ser un futuro en común puede darte ideas acerca de lo que quieres y lo que no quieres.... o puede hacerte desarrollar falsas esperanzas e ideales que no se cumplirán (esto último suele ser lo más común).

Una tarde de enero fuimos al cine. La película elegida: Brokeback Mountain. Cinematográficamente no terminaba de atraerme, pero para criticar con fundamento (que me la vendan como la película gay me parece bochornoso) hay que conocer. Nunca pensé que la elección iba a marcar tanto el futuro de nuestra relación, ese impoluto futuro que mi imaginación había planificado al milímetro. Salimos del cine con una sensación agridulce. La historia, aunque triste, no me convenció. Varios grupos habían hecho comentarios homófobos a lo largo de la proyección. Llovía. No tenía paraguas y nos mojábamos, pero no importaba demasiado. Nuestras citas estaban siempre inundadas por una sensación de tiempo sostenido, por una falsa ilusión de atemporalidad. Entramos en un café desierto. Una guitarra sonaba desgarrada, juraría que era country, o quizá fuese de nuevo mi imaginación. Así, empapados los dos, frente a frente, se confesó. La película parecía haberle afectado más de lo habitual, me confesó que se sentía muy identificado con el personaje, que jamás podría mantener una relación estable con otro hombre, que su familia jamás lo aceptaría y que nunca pensaba hablarles de ello, que ante la sociedad no podía contarlo... No era la primera víctima de la represión que conocía (ni por desgracia la última) y el psicólogo que hay en mí tomó la palabra. Traté de restarle importancia, de ayudarle a ver las cosas desde otra perspectiva, de proponerle pequeños retos que ir superando... Su actitud era a veces excesivamente preocupada por tratar de ser masculino, pero siempre había visto ese detalle como anecdótico, incluso tierno, y no podía dejar de reirme internamente ante sus reiterados esfuerzos por bajar el tono de su voz. Cuando nos despedimos, no volví a pensar en nuestra conversación, a fin de cuentas yo no necesito demostraciones públicas de afecto, si él no las soportaba, tampoco era demasiado importante. Unos días después traté de hablar con él, sin embargo no volvió a contestar mis llamadas. Esa fue la última noticia que tuve de él.

Hoy ha llovido por primera vez en este atípico y caluroso otoño. De camino a clase de inglés, en las escaleras de la escuela de idiomas me lo he encontrado por primera vez en muchos meses. Excusas típicas y oídas hasta la saciedad sobre pérdida de móviles, de direcciones de correo electrónico se apresuraron a salir de su boca. Lo miraba fijamente, un par de escalones por encima de él. Lo admito, me regodeé mirándolo desde arriba, con mi sonrisa de suficiencia y mi mirada indiferente. Me habló sobre la facultad, sobre inglés, sobre una beca que no le concedieron... pero no lo escuchaba. Mientras le miraba sólo pensaba en las horas inútiles desperdiciadas pensando en él y en nuestro futuro común, en la de veces que me había rebajado a llamarlo para no obtener respuesta, en las falsas esperanzas puestas en alguien cuya vida está supeditada al miedo y que es capaz de sacrificar su felicidad por no enfrentarse a la verdad. Puede que mi suficiencia se tornara asco por un momento, y puede que él lo notara. Empezó a sudar por lo incómodo que le resultaba nuestro reencuentro. Miré con voluptuosidad las gotas de sudor recorrer su frente. Disfruté con mi pequeña venganza y más disfruté al saber que tenemos el mismo horario, y que nuestros encuentros se sucederán. Sé que cada vez que me vea, la paranoia le invadirá y puede que hasta crea que los demás saben lo suyo, podrían sospechar al vernos hablar ... Puede que hasta me deje de hablar con tal de no arriesgarse. "Tanto peor para él" me dije a mí mismo ( con mi tono de voz grave que no tengo necesidad de bajar) mientras salía a la calle. Llovía, igual que la última vez que lo vi, pero esta vez no me mojé. Abrí mi enorme paraguas y comencé a caminar.

1 Comentarios:

At 12:14 a. m., Anonymous Anónimo said...

Me siento muy indentificado con esa historia q cuentas. Creo q a todos nos ha tocado conocer a alguien asi. Tu por suerte, lo has superado. :)

 

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