domingo, octubre 22, 2006

Cosas que te diría si me dirigieras la palabra.

Hola,

Probablemente te sorprenda que te escriba después de tanto tiempo. No voy a engañarte, me siento solo y por eso te echo de menos. Como ves, al fin has conseguido la sinceridad que me suplicaste durante meses y que nunca te terminé de dar. Puedes llamarme egoísta, y con razón. No voy a tratar de exculparme. Ni siquiera el fin de esta carta es expíar el sentimiento de culpa que podría llegar a sentir por lo que te confieso. Sólo te echo de menos.

El otro día te vi corriendo por la playa. Era de noche y nos cruzamos. Yo corría contra el viento, tú en su dirección. Parece que al fin te pusiste a ello. Recuerdo que cuando estábamos juntos siempre me decías: "En otoño quiero empezar a hacer footing", aunque al final nunca lo hacías. Ahora sé que no me importaba que no fueras un adonis. Ahora, después de tanto tiempo, después de haberme deleitado con la voluptuosidad de otros cuerpos. Sé que me viste, pero cuando pasé junto a ti ni siquiera apartaste tu mirada del horizonte al que te dirigías. Me dolió, pero no te culpo por ello. No te culpo por evitar todo contacto con la persona que te dejó, casi sin despedirse y aduciendo razones difusas y ni siquiera por él comprendidas. Porque la verdad es que ahora, después de tanto tiempo, no termino de comprender por qué lo hice. Puede que con el paso del tiempo los recuerdos se difuminen, pasemos de algún modo nuestras historias "a limpio" y sólo nos quedemos con lo mejor de aquéllas. O puede que, en un intento por mantener intacta mi psique, haya olvidado las razones tan poco creíbles que te di, haya olvidado que no tenía razones para no quererte. Perdona por no haberlo comprendido antes, por no haber comprendido que no podía esperar de ti que satisficieras mis vagas ilusiones, mis sueños cinematográficos... No entendía entonces que el amor no es una cura de nuestras carencias, ni nuestro amado una proyección de nuestros ideales.

El que me evites no hace sino descubrirte. Hacer patente que no has conseguido desterrarme de tu vida, ni olvidar el daño que te causé. Pero ahora no tiene demasiada importancia ya. No voy a insistir, no es esto un intento de retomar algo que ya no tiene ningún sentido. Dudo incluso que pudiéramos llegar a ser amigos. Además, sé que nuestro encuentro aquella tarde a las pocas semanas de haberlo dejado, no ayudó mucho a que mantuviésemos una cordial amistad. Tú salías del conservatorio, y yo paseaba con aquél guapo chico alemán con el que había comenzado a salir. Tu expresión al presentártelo fue el claro reflejo de la sorpresa y la ira contenida. En aquél momento supe que aquellas serían las últimas palabras que íbamos a intercambiar. Aquella historia terminó por fracasar, tal y como ocurriría con las siguientes, pero de ellas ya, nada supiste.

No hace mucho estuve en la playa. Era una noche de verano, y recordé todas las noches que pasamos juntos en aquel lugar, hablando, mirándonos, amándonos... Puede que incluso fuese la misma noche de San Lorenzo, aquella que pasamos juntos, viendo la lluvia de estrellas. Otros labios me besaban en esta ocasión, pero por un momento recordé aquellos labios, los tuyos, que tuve que besar yo por primera vez, ya que tu inseguridad te impedía acercarte a mí. Quizá te guste saber que aún conservo la edelweiss que me regalaste. Y que a veces, cuando estoy solo, pongo el estudio nº3 en mi mayor de Chopin, y recuerdo aquellas veces que tocabas para mí. No me lo tengas en cuenta, soy un nostálgico, no lo puedo evitar. No quiero que te confundas, como he dicho al principio, mi razón es puramente egoísta, me siento solo.

En el concierto de Ana Torroja vi a todos tus amigos (a los que no soportaba, a pesar de que nunca te lo dijese). Estoy seguro de que estabas allí también, aunque no te vi, pues sé cuánto te gusta Mecano. Por primera vez cobró sentido nuestra canción.

"y aunque fui yo quien decidió que ya no más
y no me canse de jurarte
que no habrá segunda parte
me cuesta tanto olvidarte,
me cuesta tanto olvidarte,
me cuesta tanto..."