viernes, octubre 20, 2006

Autumn leaves

Autumn leaves
No sé vosotros, pero yo me he chocado justo de frente con el cambio climático esta mañana. Estaba haciendo un descanso en el estudio cuando me asomé a la ventana. Había puesto un disco de jazz para desconectar un poco y sonaba una de mis canciones favoritas: "Autumn leaves". Una versión en directo tocada al saxofón por Stan Getz que siempre me hace pensar en los planos neoyorquinos de las películas de Woody Allen. El escucharla me evoca imágenes de ciudad. Una ciudad vibrante que camina al ritmo marcado por el bajo, una ciudad otoñal, cuyas calles se cubren por el manto de las hojas ocres en uno de esos extraños días grises llenos de claridad. Mi calle dista mucho de parecerse al Village, pero sí es cierto que en sus aceras se yerguen hileras de árboles, impertérritos al paso del tiempo salvo por un pequeño detalle: la verde frondosidad que inunda sus altas copas en primavera, se torna marrón primero y vacío después, durante el otoño. O al menos así permanece en mis recuerdos infantiles. Así lo vivía cada quince de septiembre, cuando volvía al colegio pateando las montañas de hojas secas recién caídas. Aún recuerdo la luz de las tardes de otoño. Esa luz aterciopelada, de un dorado sostenido, que lo inundaba todo al atardecer, justo cuando salía de clase. Revivo por un momento estas sensaciones agradables y la ilusión con la que volvía a casa para merendar viendo mis programas favoritos. Las hojas secas y los árboles desnudos estaban tan presentes en mis comienzos de nuevo curso que incluso nuestro profesor de naturales nos hacía cada año recoger algunas y pegarlas en nuestro cuaderno para analizar a qué clase de árbol pertencían. No hace mucho encontré por casualidad un cuaderno de la época en el que había dibujado un paisaje comparativo, la misma imagen de una bucólica escena campestre tal y como podríamos observarla en el mes de mayo (toda verde y florecida) y en el de septiembre (llena de ocres y de ramas desnudas).

Observo la calle desde mi ventana dejando a un lado todas estas evocaciones de mi infancia para descubrir que, a once días de noviembre, todo sigue verde y no hay ni rastro de hojas secas en el suelo. El otro día lei una noticia acerca de la migración de los mosquitos portadores de malaria en los próximos años, desde el norte de África al sur de España. Las noticas acerca de las imparables subidas de temperatura son tan comunes que apenas son novedad. No voy a habar aquí sobre el cambio climático y de sus consecuencias catastróficas para la vida de la humanidad tal y como la conocemos, a pesar de que es un tema que me interesa y preocupa muchísimo. Quizá en otra ocasión. El sentido de esta reflexión tiene un toque mucho más proustiano, si me permitís siquiera hacer referencia (que no comprarme) a un genio como él. Una desilusión repentina. Una colección de evocaciones infantiles enfrentadas irremediablemente con la realidad. La realidad verde y tórrida de un poco común otoño.

"Pues aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan
brillante
Hoy esté por siempre oculto a mis miradas,
Aunque nada pueda devolvernos la hora
Del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores;
No hemos de afligirnos, pues la fuerza
Subsiste en el recuerdo"

William Wordsworth, 1770-1850

Los otoños pueden ya no ser lo que eran. Quizá debido a nuestro continuo consumo contaminatorio. Quizá a procesos naturales fuera de nuestro alcance. Más probablemente debido a una mezcla de ambos. Puede que hasta llegue el día en que el otoño sea verde y florido, pero en mi recuerdo, pienso mientras escucho las últimas notas del saxofón, en mi recuerdo subsistirá la belleza de aquellas tardes perdidas.